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 Foggy with a chance of getting lost {w/ Sho}
Katya Salkov
 Posted: Aug 2 2017, 08:19 AM
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Come back! Even as a shadow, even as a dream


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San Francisco Conservatory of Music, Oak ST.
23:00. 16ºC.


Había días en los que Katya se preguntaba si llegaba a sentir la luz del sol en su piel en algún punto del día. Sabía que el conservatorio sería complicado y estaba preparada para ello, pero el estrés por el cambio de aires, la falta de orientación en unas calles que no conocía y las clases en un idioma que no eran su lengua materna acababan por agotar a la joven hasta puntos insospechables. Si antes no hablaba casi nada, en aquel momento se preguntaba cuánto tiempo llevaba sin abrir la boca y producir un sonido que no fuera una nota musical a través de su flauta.

Le pesaban los hombros cuando cargó la mochila con el estuche de su flauta y tuppers vacíos de vuelta a casa, poniéndose una cazadora de cuero sobre su camiseta de manga corta pese a que se consideraba que todavía era verano. Estaba acostumbrada a los climas extremos, y aquel aire mediterráneo tan fresco también se le hacía extraño. Toda esa ciudad era extraña y abrumadora, incluso para ella. Tomemos por ejemplo su conservatorio. Ni siquiera tenía claro en qué distrito se encontraba y, al estar justo en el vértice de tres distritos dependía de a quién preguntase cada uno tiraba para su casa. Era muy fácil perderse. O al menos usaba esa excusa.

Cuando salió del edificio terminó de abrocharse la cazadora mientras trataba de ubicarse. La niebla había vuelto a caer por la ciudad, como cada día en el que las temperaturas subían un poco más de lo habitual durante el día. El brillo de los pasos a nivel del ferrocarril acabó por activar el sentido de orientación de la pelirroja, que suspiró aliviada. Caminó hacia la parada más cercana y esperó paciente a que llegara el transporte público que hacía famoso a la ciudad. En nada estaría en casa, podría fregar los tuppers vacíos y buscar algo de cena. Con suerte sus compañeros habían pedido comida a domicilio y podía robarles parte de sus sobras. Así no tenía que cocinar.

Subió al ferrocarril y se sentó frente a una de las salidas, observando alrededor. Casi no había gente a esas horas de la noche, solo un par de hombres en la parte delantera, más atentos a su teléfono que a lo que les rodeaba, y al fondo un grupo de jóvenes que debían volver de fiesta, o iban en busca de más. Katya les miró de refilón, intentando no prestarles atención y arrebujándose bajo la cazadora como si pudiera volverse invisible. Podía escuchar los comentarios y las risas desde que entró, cómo le lanzaban besos y lo que ellos decían que eran piropos. Se sintió aliviada al pensar que había más gente, por poca que fuera, y que solo había un par de paradas hasta su apartamento.

Pero cuando el primero de esos jóvenes se acercó y empezó a llamarla (“Pelirroja” o “hey, nena” y comentarios menos agradables) , no pudo más. Podía ser una persona callada y calmada por naturaleza, pero cuando alguien acaba llamándote la atención a altas horas de la noche en un transporte casi vacío y, además, apesta a alcohol, sabes que no va a ser para nada bueno. Pulsó el botón de parada y bajó sin saber exactamente donde estaba, con las calles todavía cubiertas de niebla. Había gente que hablaba en algún bar cercano y, por el brillo tenue del neón, tal vez era un pub o un local de peor clientela. Se tensó, notando de golpe la garganta reseca. Tampoco le gustaba mucho la perspectiva de pedir ayuda en un barrio de esas características.

Al menos había bajado sola del tranvía, que se perdía en la distancia. Por la noche pasaban pocos y prefería intentar caminar hacia su casa siguiendo las vías del tren lo máximo que pudiera. Aquellas calles estaban peor iluminadas y las desviaciones, de golpe, le parecieron un laberinto. Si le costaba ubicarse al salir de un conservatorio en una de las zonas ricas de San Francisco, allí estaba completamente perdida.

Se detuvo al final, totalmente abatida. Tal vez habría sido mejor esperar al ferrocarril o pedir un taxi, por mucho que terminara de gastar su asignación mensual. No le gustaba pedir ayuda, pero no le quedaba más remedio. Cuando tiró de la chaqueta de aquel desconocido y se aclaró la garganta volvió a preguntarse cuánto tiempo hacía que no hablaba o si en todo el día había llegado a tocar a alguien. ¿Cuándo se había vuelto tan solitaria?

Eh… Disculpa — Le costó pensar en cambiar al inglés, cuando además sentía que le temblaba la mano al sentirse desubicada, todavía algo asustada por lo del ferrocarril, y estaba hambrienta. Hizo de nuevo un esfuerzo sobrehumano para conjugar la frase en su cabeza antes de hablar, recogiéndose un mechón de pelo tras la oreja. Le costaba mirar a la persona a los ojos, apartando la vista enseguida al suelo.— Me he perdido y no sé dónde me encuentro, ¿sabes el nombre de la calle o el distrito en el que nos encontramos?

Tal vez eran más palabras de las que había pronunciado en toda una semana.
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Sho Ryota
 Posted: Aug 3 2017, 12:25 PM
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Sho Ryotakyodai, Kyūshū


foggy with a chance of getting lost  
23.28pm,san francisco ¿?

En la neblina de una engañosa tarde cálida, su silueta rompía el paso en el andar silencioso de alguien sin compañía: caminar de noche, descubrió, no era ni la mitad de divertido sin los pasos fieles que resonaban en un ladrido conocido. No había encontrado melodía nueva (El famoso Escalier n°2 era más difícil de encontrar que lo que su popularidad sugería) y sus labios permanecían cerrados en la inexpresión de un rostro que honesto, revelaba el mismo vacío que sentía. Ni pena ni gloria, una paz sin trémulo ni compás.

La rutina perdida, el no-saber-qué-hacer cuando se deja de tener constancia.

Ni falsas esperanzas ni despecho, sin penas de amor ni el desvelo del haber hecho algo mal. Sho seguía sus días como siempre en una resignación graciosa, algo similar a tirar monedas a una fuente de agua sabiendo que tarde o temprano alguien más las tomaría y que el deseo, en efecto, sería olvidado con cualquier distracción, con el paso de los días, con seguir algún camino distinto. Había sido una causa perdida desde el primer saludo y por supuesto lo supo, y sabía también ahora, que era para mejor esa despedida sin adioses.

A esas alturas se habría alejado lo suficiente en el mapa desde el Golden Gate como para encontrar la excusa con la que había viajado ese par de días, en ese tiempo libre que también era repentinamente demasiado con su mejor amiga ocupada en el trabajo y sus hermanos hasta el cuello con deberes. Tampoco él tenía nada que hacer, no con días off, ni con su propia compañía: viajar había leído servía para respirar nuevos aires, pero si le preguntaban la noche era más o menos la misma en todos lados, lo había sido en Kyūshū, lo era en New York, y recientemente descubierta, lo era también en San Francisco.

Saboreó la tentación de patear una piedra y hacerla rebotar contra un auto como de adolescente, cuando arrastraba los pies por el mero gusto de parecer un perro enrabiado, de alejar a la gente de su paso. Y sin embargo la intención quedó perdida en su propia pausa, en respirar y re-considerar la idea de retroceder ahí de pie, sin saber dónde estaba y sin importarle tampoco: Eventualmente llegaría a algún lugar donde nadie le esperaba y no había apuro en hacerlo ahora o con el sol en alto en la habitación rentada, donde solo planeaba dormir hasta la siguiente noche para volver a buscar.

Observó los edificios, disfrutó las luces y su desenfoque entre la espesa niebla que otorgaba un aspecto fantasmagórico a la ciudad. Entonces un suave tirón en su chaqueta le robó las ideas, una voz que acompañó las palabras tímidas de alguien que a simple vista, no quería, pero necesitaba, entablar la conversación. La miró en un parpadeo, y por algún motivo, se recordó a sí mismo a esa edad, hablando con Ryzard en la desconfianza de alguien acostumbrado a hacer las cosas solo.

Ni idea.— Asumió ligero,la naturalidad de quién está acostumbrado a perderse o también, quién en un principio carecía del camino. Y si bien eso funcionaba para él (o eso quería creer), había algo en la forma en que la menor evitaba mirarle que le hizo desear saber dónde estaban y cómo poder ayudarla. No debía ser sencillo pedirle ayuda a un hombre a esas horas, apretando los labios en aprehensión al pensar en cuánto tiempo llevaba perdida y cuántas cosas le habrían pasado hasta llegar a la incómoda decisión de preguntar a quién, ahora notaba, era la única persona en la cuadra y que bien podía ser alguien horrible.

Y lo era.

Pero no en esa forma.

Sacó el móvil olvidado de su chaqueta y buscó el gps, la noche jugándoles una broma al no haber más señal que una barra lamentable que agonizó hasta desaparecer: era como querer enseñarle algo a sus hermanos y fracasar en el intento, desilusionando a medio mundo y a él mismo con su falta de suerte —Tampoco hay señal, lo siento.— siguió en la misma y al límite de lo torpe, honestidad. No pensaba que la joven en frente a él disfrutaría de alguna forma la siguiente propuesta porque cualquier persona consciente sabe que irse con desconocidos es mala idea. Y aun así-

Buscaba el Escalier n°2 pero creo que no tendré suerte hoy— Lo mencionó, como si traer su propia historia pudiese generar un poco de confianza o al menos iniciar la conversación —Trabajo en un bar en New York así que si aparece algún borracho yo lo trato y tú sigues el camino—así que ahh ¿Busquemos la línea de metro más cercana?— ofreció, una sonrisa suave en su rostro que recordaba al gesto de proponerle ayuda a sus hermanos cuando eran más pequeños y le hacían aún menos caso.

Y entonces lo notó en la misma mirada relajada: un estuche —No creo que lleves algún arma ahí ¿Tocas algún instrumento?— el interés de un admirador ablandando aún más su voz, su mirada brillante en el repentino descubrimiento de lo lindo que sería escucharla hablar de música y la pequeña culpa de estar, como siempre, hablando de más. No es que le molestara a él por supuesto, pero dada las condiciones quizá compartir información privada junto a su paso (que ya había decidido una dirección y empezado a seguirla) no era el mejor panorama.

Pero una conversación siempre hacía más amenas las cosas, eso creía —Hay una canción que va así— silbó, la melodía como un amigable ruido en el medio de la nada —Y no recuerdo como se llama pero la escuché hace días y ¿Quizás tú sí sabes?— evitar mirarla luego fue solo un gesto acorde a la misma timidez de ella. No buscaba espantarla ni forzarla a hablar, solo quizás, hacerla sentir más cómoda de lo que la calle podía ofrecerle.



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Katya Salkov
 Posted: Aug 3 2017, 04:04 PM
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Somewhere in San Francisco. 23:47. 15ºC.


Si pedir ayuda durante el día era difícil, pedirlo a oscuras, en una calle envuelta en niebla y con una brisa fresca que te hace estremecer (o tal vez no era la brisa, sino su cuerpo diciéndole que lo mejor que puede hacer es correr) es todo un acto de fe. Katya esperó la respuesta con el corazón en un puño, de golpe alerta a cualquier movimiento que le pareciera extraño. No podía evitar pensar en lo poco que le costaría reducir su cuerpo contra una pared y…

Mejor no seguir con esa línea de pensamientos.

La respuesta llegó entonces, tan seca que ella parecía una dicharachera en comparación. Estuvo unos segundos pasmada, con los ojos azules abiertos casi suplicantes, aunque solo intentaba ver qué hacer a continuación. ¿Estaría bien arriesgarse a pedirle más ayuda? ¿Se encontraría con alguien al menos sobrio para pedirle indicaciones? ¿Y si esa persona no mostraba tanta indiferencia con su cuerpo como tenía él?

Ya estaba formulando las gracias de nuevo en inglés y pensaba dar media vuelta cuando le sintió moverse y buscar algo en su bolsillo. Cambió el peso de un pie a otro, deslizándolo con suavidad hacia su espalda, completamente en tensión y dispuesta a correr a la menor oportunidad. No pensaba quedarse a esperar a que sacara su navaja, o algo peor, para dar la primera zancada.

Pero era un teléfono. Se llamó estúpida, cerrando los ojos medio segundo para tranquilizarse. Inspiró hondo y apretó los labios. No había pensado en mirar su teléfono, y cuando lo sacó del bolsillo exterior de su mochila comprendió por qué. Estaba apagado, cómo no, posiblemente sin batería. ¿Y así pensaba pedir un taxi? ¿Qué clase de mujer vuelve a casa de madrugada con el teléfono apagado? Suerte que al menos sabía el truco de pegar puñetazos con las llaves entre los dedos…

Apretó los labios y asintió, casi dispuesta a dar la conversación por concluida e irse por su propio camino al ver qué le deparaba la noche cuando de nuevo, las palabras del hombre hicieron que sus ideas se detuvieran de nuevo a escucharle. No sabía qué sitio era aquel del que hablaba pero algo le decía que tal vez había juzgado con rapidez a aquel hombre, sobre todo al ofrecerle ir con él. ¿Qué clase de persona acepta esa propuesta? Volvió a mirarle, su estatura, su robustez, los hombros anchos y la fuerza que parecía ocultarse bajo la ropa. Si fuera a emplear su fuerza contra ella seguramente la reduciría antes de poder doblar la primera esquina. ¿Pero acaso era mejor arriesgarse a pedir ayuda a alguien con peores intenciones? A él no le habían faltado oportunidades para aprovechar la situación y, desde luego, no lo había hecho.

La mención del metro hizo que volviera a llamarse estúpida en su cabeza. ¿Cómo no había pensado antes en el metro? Claro, no solía cogerlo, ni tampoco sabía cuál era la parada que quedaba más cerca de su casa, pero al menos en la boca del metro habría un mapa y una pegatina de “usted está aquí”. Además, él le había ofrecido encargarse de los borrachos mientras ella podría huir, y eso le aporta una ligera seguridad. Incluso curvó un poco los labios en una sonrisa de alivio.

Espero no arrepentirme mañana de esta decisión…— Comentó, con un aire bromista que le resultó extraño e incómodo, caminando a su lado. También podría sonar a advertencia si no fuera más grande y robusto y… bueno, un hombre en lo alto de la escala social frente a una adolescente de intercambio que solo tenía buenos reflejos con una flauta en mano. Pero sin embargo, pese a la cautela y desconfianza, había algo en esa propuesta, en el modo que se había comportado con ella, que le hacía sentir alivio. No le había prestado la más mínima atención, no había habido una de esas miradas profundas que hacen que te arrebujes bajo la cazadora, intentando volverte más pequeña e invisible. Con él se sentía… cómoda. O al menos, de momento estaba así. Tal vez le había juzgado mal.— Lo siento. Estoy un poco asustada. Muchas gracias por la oferta. De verdad.

No sabía si él se imaginaba todo lo que se le pasaba por la cabeza cuando hablaba con un hombre a solas y al anochecer, pero al menos la mitad de esas ideas se habían disipado a medida que hablaba con él. Tenía que repetirse que mejor oportunidad que la que había tenido al encontrarse no iba a encontrar, y que por ello tal vez lograría llegar a salvo a casa, pero le costaba no tensarse con las preguntas como la que le hizo. Titubeó, ¿y si pensaba obsesionarse con ella, y hablando de la música cerraba el círculo para localizarla? ¿Y si hablaba de más sin querer? Luego se recordó los muchos conservatorios que había en San Francisco y la cantidad de alumnos en cada uno. Tal vez estaba más cerca de algún otro conservatorio y eso le despistaba. Y tal vez, pero solo tal vez, era una pregunta inocente de alguien que intenta aliviar la tensión.

Tal vez de verdad existían esas personas que cuando hablan, lo hacen pensando en ayudar y no en el beneficio propio, y que quieren empatizar contigo.

Le costaba creerlo.

Sí, estudio flauta.— Respondió, dejando la frase flotar en el aire como las notas musicales que se disipan al finalizar la melodía. ¿Debía preguntar ella, continuar la conversación? ¿Estaría dispuesto a compartir la información del mismo modo que lo hacía ella? ¿Y si todo era una mentira? Detuvo esa línea de pensamiento de nuevo. Se había dicho que iba a intentar confiar. Volvió a inspirar hondo, fijándose en el hombre de nuevo antes de hablar. ¿Qué clase de instrumento tocaría él, si es que tocaba? Parecía percusionista, si juzgaba por las apariencias.— ¿tú tocas algún instrumento?

La melodía cortó el aire con naturalidad y la misma fluidez que ella tocando con su flauta, las vibraciones llegando a ella reverberadas por los edificios a su alrededor. El frío de la noche no parecía de golpe tan escalofriante, ni la oscuridad tan intensa. Siempre le pasaba eso con la música, que alivia cualquier situación por grave que sea. Pero la pregunta, sin embargo, le hace fruncir el entrecejo con lástima.

Ojalá poder decir que sí, pero no recuerdo haberla escuchado nunca. Diría que es Jazz. — Quiso añadir, del mismo modo que él ha hecho tanto por ella, aunque sea caminar a su lado por una calle cubierta de niebla.

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Sho Ryota
 Posted: Aug 6 2017, 07:04 AM
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Cuando tenía dieciséis, y estaba sangrando en el piso de un callejón, no le alivió la llegada de alguien más: no le gustaba la forma en que se acercaba dispuesto a apadrinarle, no confiaba en sus palabras, ni en su interés por curarlo, no quería pedir ayuda, no la quería necesitar. Le había ladrado como un perro herido y entre dientes gruñido que le dejara solo, la respiración agitada y el frío de la noche congelándole como si sus heridas fuesen un camino abierto.

Aquella era quizás la única vez en que había experimentado el miedo de la noche, el sentirse perdido, el haber rechazado ayuda solo por la desconfianza.

Y sin embargo la había obtenido de igual manera; se habían preocupado por él, le habían curado, le habían enseñado más cosas de las explicables en palabras en un gesto que también hablaba de confianza y de calma, de poder recibir a las personas sin ese temor inherente al daño. Por supuesto no podía saber lo que era caminar solo por la noche siendo chica, nunca entendería realmente, pero la empatía en sus movimientos y sus palabras, en la forma en que parecía dudar y meditar cada paso, era real al verse a sí mismo en otro tiempo y otras escenas.

Le alegró también y por ello, que respondiera, que bromeara, que expresara un poquito de si misma incluso si no era más que un esbozo.

No creas que lo hago solo por ti, también quiero encontrar el metro— se rió, burlándose un poco de su propia situación de perdido, pero sobre todo buscando quitarle el peso de la deuda de los hombros, el hacerle sentir que lo hacía también por él y porque quería. No había nada que agradecer más que las palabras y confianza en ella; la gente más joven era cada vez más madura ¿Cierto?, no podía evitar sentir aquella fascinación por alguien tan distinta. Él a su edad y, quizás hasta hace un par de años, era violento y agresivo, desconfiado, rencoroso. La muchacha parecía mucho mayor en comparación.

Y era algo triste pensar en qué tipo de cosas habría vivido para ello.

Flauta. Intentó pensar en alguna canción del instrumento en cuestión, intentó estrujarse la cabeza recordando alguna melodía o compositor, pero solo llegaba a su mente el video de alguien tocando la canción de Titanic en una forma cuestionablemente artística con una sonrisita ligera porque si le preguntaban era de lo mejor que había visto, e iba a traerlo a tema cuando la muchacha decidió regresar la pregunta, que si tocaba algo. Inconscientemente dio un vistazo a sus manos y pensó que no, que no hacía nada hermoso con ellas realmente. Pero no era el momento de traer esas historias con una desconocida, ni de ahogarse en ideas.

Ahhhhhhh puedo tocar un silbato y a veces mi perro viene pero es mejor cuando le grito y me ladra de vuelta, una armonía entiendes— Explicó despeinándose un poco los rizos, su cabello un poco más largo de lo usual al contacto, quizás debería cortarlo. Y en cualquier caso ¿Qué tocaría? Pensó en sus canciones favoritas, en sus intérpretes y músicos, en las melodías que tarareaba cuando estaba feliz —Quizás me habría gustado piano o trompeta, ¿Un Chelo? O batería… en realidad mi familia es muy pobre y no había dinero para nada de eso, solo escucho al resto y si estoy bien tarareo lavando platos o canto caminando— resignación.

Pero era bueno ser público también.

Pero por desgracia, la muchacha no conocía la melodía en cuestión —Algún día voy a recordar cómo se llama y querré regresar a este momento a decirlo de golpe porque lo tengo en la punta de la lengua— una queja a modo de respuesta, ligera, sin carga real más que una infantil frustración que terminó en una sonrisa para sí mismo mientras avanzaban por lo que parecía una avenida más amplia y mejor iluminada. Al menos un poco — quizás… I come home in the morning light… my mooother says when you gooonna live your life rrrright— Un canto, alegre, sus pasos cambiando el ritmo a un pequeño baile casua.

Definitivamente esa no es la canción pero giiiiirls juuuust want to have fuuuun. Quería ir a bailar y escuchar música así que esta improvisación tendrá que hacerme la noche--Un nombre, no sabía cómo llamarla pero por otro lado ¿Por qué le diría? —Me llamo Sho pero está bien si prefieres no decir el tuyo, puedes ser alguna artista que te guste, si no es Nina Sim-ooooh— Su rostro se iluminó en una sonrisa y cerró su puño contra la palma en la realización, el golpecito suave dando paso a su diálogo —La canción se llamaba “I ain't got no, I got life”, gracias cielo por recordarme— La paz en su pecho por fin. Podría dormir esa noche.

¿Qué te gusta escuchar? ¿Tocas música clásica?, tendría sentido si estudias eso— Siguió: aún no tenía idea de en dónde estaban, pero por ahí empezaba a escuchar canciones y risas, y un poco más adelante habían personas conversando, otras tanto esperando fuera de locales o puerta. Era zona de bares, de discos y pubs. Podría de casualidad ver el Escalier y regresar al día siguiente, o después de escoltarla hasta el metro. Por ahora estaba feliz de poder hablar un ratito, le servía también a él, le sanaba.



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Katya Salkov
 Posted: Aug 6 2017, 05:27 PM
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Si en vez de en una calle vacía, aunque mal iluminada, hubiera estado rodeada de gente, es posible que hubiera suspirado de alivio. En aquel silencio en el que hasta sus pasos parecían hacer eco en la calle no podía arriesgarse a suspirar sin temer ser escuchada. ¿Y qué pensaría entonces él de ella? ¿Que se sentía aliviada al saber que no le prestaba el menor interés? Fastidiaría la sensación de comodidad que sentía por primera vez tras mucho tiempo, y no quería eso. Volvió a mirarle sin pronunciar palabra, preguntándose por qué estaba tan cómoda. ¿De verdad había necesitado perderse por la calle a altas horas de la noche para sentirse bien con alguien?

Se arrebujó bajo la chaqueta de cuero con las manos en sus bolsillos mientras él parecía analizar su pregunta. No sabía qué pensaba, pero se miró las manos y ella estuvo a punto de sonreír para sus adentros. Serían callosas, como sus dedos habían desarrollado durezas en las yemas de tocar y forzar sus manos en posiciones casi imposibles. Las de él debían tener la palma cubierta de rozaduras por las batutas. Seguro que se le daba bien.

Ya estaba empezando a pensar “lo sabía” cuando él negó y sus ojos azules se abrieron en señal de sorpresa durante una fracción de segundo, antes de sonreír al imaginarse la escena que él le planteaba. ¿Qué clase de perro sería? Lo imaginaba grande, un gran danés como Scooby Doo pero de cuerpo gris, y patas largas con las que corretear a tu alrededor al salir a pasear, o al lanzarle una pelota. La idea parecía tan vívida que durante unos segundos tuvo que mirar alrededor y recordar dónde estaba: perdida en medio de una ciudad desconocida.

Yo siempre quise un perro…— Murmuró con una sonrisa. No era mentira. Siempre se había imaginado tener a una mascota y cuidar de ella con todas sus fuerzas. Tal vez era algo egoísta querer un perro porque sabía que siempre le sería fiel, aunque no pensase hacerle daño de forma voluntaria y buscaría siempre su bienestar. Quería una criatura junto a la que acurrucarse cuando sentía que todo pesaba demasiado y saber que eran capaces de curarte sin palabras. Claro que quería algo así, pero nunca lo dijo con esas palabras.

Oh…— Murmuró la joven con lástima, sintiendo un nudo en el estómago subir sin remedio hacia su garganta ante la mención de la pobrza. No sabía que podía sentirse tan mal y tan culpable de golpe, pero… ¿estaría siquiera en San Francisco si sus padres no hubieran explotado a su hermana para conseguir dinero? Ni siquiera estaría viva sin ella, y todas las cargas que le habían echado sobre sus hombros sin quererlo. Frunció el ceño, pensativa. Y pensar que igualmente, había seguido con la música, sabiendo todo lo que sabía sobre cómo se financiaba su pasión. Y pensar que, pese a todo lo que estaba pasando, su hermana le regaló una flauta cuando estaba empezando a aprender. Y pensar que se aferraba a los botones metálicos de la flauta como si fuera lo único capaz de salvarla, pero no a su hermana si no a ella. Puede que no mereciera estar ahí por mucho que hubiera decidido viajar para sacar a su hermana de toda la trama en la que estaba metida.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Cerró los ojos, poniendo en orden sus pensamientos antes de hablar.

Tal vez… — Carraspeó, algo nerviosa. “Katya, puedes intentar hacer algo por él sin pensar que va a secuestrarte” pensó.— me refiero. La mayoría de conservatorios tienen instrumentos de prueba y es muy fácil colarse en un aula para practicar.— Mostró una sonrisa traviesa que ni siquiera sabía conocer, dejando entrever la propuesta que estaba demasiado nerviosa para hacer en realidad. Podría ofrecerse para ayudarle. El violonchelo se escapaba de su conocimiento y la trompeta, aunque también es un instrumento de viento, ni siquiera pertenece a la misma subcategoría. Pero quería ayudarle y que probara suerte.

Ojalá fuera esa su única preocupación.

Deberías usar Shazam y tararear la canción para probar suerte.— Sugirió entonces, como si la idea le hubiera venido de golpe. Todavía tenía las manos en los bolsillos de su chaqueta y podía sentir su teléfono, totalmente inservible sin batería, pero con la aplicación instalada. No sabía por qué proponía cosas ni su obsesión con querer ayudar a un hombre en la calle del que ni siquiera sabía su nombre. ¿Era San Francisco? ¿Era que por primera vez es totalmente responsable de sus acciones o la sensación de vulnerabilidad al estar en una calle casi vacía sin querer perturbar a la única persona que ha sido amable con ella en toda una noche?

La hipótesis de la calle vacía y en penumbra se desechó en el momento en el que cruzaron a una calle más iluminada y seguía pensando un modo de reconocer la melodía. Miró alrededor, intentando ubicarse, pero aunque había farolas en la calle y allí la niebla parecía menos espesa, seguía sin saber dónde estaba. El sonido de la fiesta le hizo dar un paso hacia atrás, preguntándose si sería capaz de sortear todos los bares que encontrasen. Todavía intentando ubicarse él empezó a cantar, y una sonrisa se formó en los labios de Katya sin siquiera darse cuenta. Su espontaneidad le resultaba agradable, casi contagiosa, un alivio después de haberse encontrado tan agotada y preocupada. Incluso estaba pensando si unirse a la canción. Conocía la letra, aunque le daba vergüenza admitir que la tarareaba casi siempre al salir de la ducha, cuando sabía que no había nadie en casa… y también entonces, apenas murmurando las notas mientras él le ponía todo el sentimiento. Podía ser su secreto.

Y entonces se presentó. Claro, era obvio que eso iba a acabar pasando, pero no cambiaba que Katya se sintiera incómoda. Aunque no conociera a ningún Sho y era solo mera cordialidad, la joven volvió a preguntarse si estaba o no hablando de más. Seguramente no habría muchas Katyas que estudiasen flauta en San Francisco, tal vez lo mejor no era darle un nombre. Y a él parecía darle igual, incluso ya tenía pensado un mote para ella. La sorpresa súbita del chico al principio la sobresaltó, pero entonces cuando todas las piezas acaban por encajar, la joven sonrió.

Como esperaba, no le importaba para nada si se presentaba o no.

Katya. Me alegra que descubrieras la canción al final.— Murmuró, sorprendida al reconocer aquella frase como sincera y no una mera cordialidad para quedar bien. Aprovechó la pausa para señalar a una zona más iluminada de la calle, como si supiera donde estaba.— Tal vez el metro está para allá. Parece más iluminado.— Comentó entonces, todavía mirando alrededor para ver si algo en las calles le resultaba familiar. Sho seguía hablando, seguramente intentando continuar la conversación. La pregunta, sin embargo, le daba vergüenza. ¿Por qué, si no le conocía de nada? Aunque tras una pequeña pausa, Katya siguió hablando.— Bueno, Cyndi Lauper está bien.— Respondió, haciendo alusión a la canción anterior. Algo más avergonzada bajó la vista, intentando ocultar el rubor de sus mejillas.— Y ABBA.— Mencionar los grupos musicales que cantaba en la ducha le resultaba más incómodo de lo que era capaz de admitir, pero intentó que el nerviosismo se disipara mientras se rascaba la nuca. Quería seguir hablando por mucho que le costara.— Sí, casi siempre ando escuchando música clásica. Las canciones que me mandan ensayar, principalmente. Así es como que las aprendo mejor.— Formó una mueca, nerviosa.— ¿Qué sueles cantar tú?

Había mencionado cantar y no escuchar, pero algo le decía que todo lo que Sho escuchaba, lo acababa tarareando más adelante en sus ratos libres. Y no podía disfrutar más con esa idea en su cabeza.

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Sho Ryota
 Posted: Aug 13 2017, 01:21 AM
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Sho Ryotakyodai, Kyūshū



Habían palabras que sabían a sonrisas, frases que guardaban en ellas un recuerdo de infancia o una memoria cálida. Y ahí, entre las luces que de a poco eran más y la música que se filtraba como alegre diversión, los letreros brillantes y los grupos de gente hablando en burbujeante risas, la noche también parecía tener un gusto nostálgico y de cierta forma, nuevo. Si fuese Nueva York estaría paseando junto a su compañero quién de vez en cuando se cruzaría por sus piernas entorpeciendo el andar. El animal le acariciaría con la cabeza cuando Sho permaneciera en silencio, cuando dejara de cantar y sus pasos perdieran el ritmo para convertirse en algo pesado.

Consiguió a Takahiro cuando decidió vivir solo; negro y de patas largas, cariñoso, llorón, también desconfiado- bastaba con que sus hermanos se acercaran para que el animal alzara las orejas y les mirara en recelo, esperando a la reacción de su dueño para bajar la guardia. Le cuidaba. Antes había pensado en una mascota pero terminó evitando la idea por meses, porque nunca estoy en el departamento, porque realmente no lo merezco-- eso hasta que fue demasiado peso, demasiada presión, incontables noches sin dormir. Las cosas habían mejorado en su compañía, ciertamente. No eran perfectas, pero podía pasar los días.

Si puedes mantener uno quizás deberías hacerlo— Habló sin pensarlo demasiado, su propia experiencia optando por la idea. No es que guardara secretos, tampoco que escondiera información, si no que no había antes razón para comentarlo, el que su mascota era más que eso. La gente solía asumir que su posesividad era efecto de Sho consintiendo demasiado al animal, y de alguna manera le hacía sentir más tranquilo si no se preocupaban al notar como Takahiro se acercaba cuando Sho callaba, jugaba con sus manos, divagaba.

Es… realmente un perro de servicio para el estrés, y es buena compañía, siempre, no solo en los días malos. A veces me obliga a salir de la cama si se hace tarde y también me acompaña por la noche. Suele esperarme cerca del trabajo, quizás así no estarías sola a estas horas.— Opinó, pensando también en lo grato que sería tenerle ahí en ese momento, no obstante el viaje había sido también para separarse un poco de su vida allá, para dejar recuerdos, para regresar tras conocer nueva gente, hacer ese tipo de cosas que había evitado por estar muy amarrado a la ciudad. Era un buen momento también para valorar lo que sí tenía.

Si decides tener uno también puedo ayudarte a entrenarlo, o cómo cuidarlo si prefieres uno ya entrenado.— Cerró el tema, el ambiente repentinamente tenso, silencioso. No pudo evitar mirarla un segundo en lo que parecía estar pensando, ocupada con ideas, quizás cansada. Alzó de regreso la vista al frente, preguntándose si sus palabras sobre familia e infancia antes abrían traído recuerdos, si estaría pensando en su propia vida como pasaba tanto al hablar con desconocidos: un montón de información que el otro no sabía, trasfondo, historias. El encontrar similitudes entre las pequeñas palabras que abrían esbozos a algo más grande.

Su voz le trajo de regreso a una mirada compartida, su sonrisa haciéndole reír también a él como en secundaria cuando saltaba clases o entraba a lugares en los que definitivamente no debía estar —Estás insinuando— En una voz que parecía regaño, aquella que usaría con sus hermanitos si la forma en que sus labios se curvaban divertidos no le delatara, no le hiciera soltar la risa antes de seguir hablando —Que debería colarme a un conservatorio—entre pausas, incapaz de contener la carcajada porque estaba viejo para esas cosas pero, por otro lado —y cumplir mis sueños frustrados de infancia como algún personaje trágico— terminó de decir, con dificultad, como pensándolo de nuevo —es lo más brillante que he escuchado, con razón estudias— asumió, dedicándole una nueva sonrisa feliz, su nariz arrugada en el gesto de sincera felicidad.

Entonces, su presentación. No podía saber si el nombre era real o no pero tampoco le importaba, no cuando la muchacha parecía por fin más relajada en esa noche que al parecer había iniciado mal: había siempre algo satisfactorio en la calma tras ver a alguien estresado, en el poder cambiar, mejorar, al menos un poco el estado de ánimo de otros y que de paso mejoraba el propio, le hacía sentir en paz consigo, le brindaba una distracción y un nuevo punto de vista a su situación actual. Había mucha gente en el mundo después de todo. Gente talentosa, gente cálida, gente increíble.

Asintió a sus palabras y siguió la dirección que la muchacha proponía, sonriendo para sí ante la mención de Cyndi, sonriendo quizás aún más ante ABBA: la tentación de cantar en el instante era demasiada pero también significaría interrumpirla y sobre todas las cosas estaba fascinado escuchándola, era evidente que era un tema importante incluso si también parecía un tanteo ligero, algo a lo que aferrarse para mantener el diálogo. Pensó también infantilmente que algún día Katya se presentaría en algún concierto y podría verla, como un padre orgulloso llevando flores, llorando en su solo de flauta. Quizás solo quería ir a escuchar música.

El jazz es mi género favorito cuando estoy solo, esa cosa que escuchas de noche o que tarareas con drama lavando platos pero uh, cualquier cosa está bien.— Asumió pensando, aquella pausa de cuando te preguntan tus gustos y de la nada olvidas quién eres y qué haces con tu vida además de querer morir —Hace rato te iba a interrumpir cantando Gimme gimme gimme a man pero quería terminar de escuchar qué decías— siguió con una risita floja, regresando la atención a la calle para notar un letrero que antes no había visto: era pequeño y de un rosa neón, sobre unas escaleras que apenas parecían pasillo: El Escalier.

Lo había encontrado.

Avanzó un poquito hasta las escaleras y miró como subían hasta una puerta dejando algunos unos pasos atrás a Katya. Debía ser un lugar bastante privado si antes había que golpear para entrar, pero al menos sabía por fin dónde estaba y mañana sería un mejor día para regresar sin negar que la música le tentaba a pasar, a ver el show, a tomar un par de copas de alguien que no fuese él mismo... —Como puedes notar soy un hombre de refinados gustos.—bromeó —Nah, me gusta cualquier cosa que pueda bailar pero cualquier cosa que sea bien dramática y el top 40 de canciones malas del momento funciona— Regresó, bajando los dos peldaños que había subido en curiosidad re-encontrándose con la menor —La música clásica también— añadió en alusión a sus estudios.

Tonight's the night we're gonna make it happen, toonight we'll put all other things a--—había empezado a cantar con aire ligero, por seguir el juego, porque la melodía había llegado a él desde el edificio que ahora quedaba atrás mientras seguían avanzando hasta la calle que con algo de suerte, daría con el metro.

Eso hasta los silbidos a un costado, el murmuro de un grupo que entre el callejón les miraba. Sho entrecerró los ojos y alzó el mentón sin dejar de avanzar, un paso más cerca de Katya, atento. Debían haberse fijado en ella mientras se había desconcentrado con su hallazgo, quizás pensaron que iba sola-- las dos siluetas caminando cerca de ellos.



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Katya Salkov
 Posted: Aug 15 2017, 02:57 AM
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Cuando era más pequeña había intentado tener un perro. No sabía todo lo que pasaba en su casa y lo había pedido con inocencia, como quien pide una casa de muñecas. Pero cuidar de un perro era demasiado, o tal vez sus padres se imaginaron que Stasya, su hermana, podría poner al animal en contra del resto de la familia. Ella nunca se había preguntado el razonamiento para poder tenerlo todo menos una mascota e, incluso cuando creció y descubrió la verdad sobre cómo había sido engendrada y lo que le habían hecho a su hermana, siguió deseando poder tener a alguien a quien abrazar por las noches cuando la casa de golpe se volvió más vacía.

Empezó a darle vueltas a la sugerencia que Sho había hecho sin pensar. No es tan fácil tener una mascota que mínimamente depende de ti cuando no eres ni capaz de valerte por ti misma. Ni cuando llevas tiempo luchando por cuidar de alguien pero no eres capaz. Por encima de todo estaba el hecho de vivir en el conservatorio y pasarse más tiempo allí que en su casa. ¿De verdad podría dejar al animal solo en casa, o vagando por la calle o atado a un poste frente al conservatorio? ¿Y vivir en un piso de estudiantes? Tal vez el joven pensaba que sus compañeros eran como ella, que no dejaba una cosa fuera de sitio, pero el salón de esa casa parecía un campo de guerra. Al final, aunque la idea fuera atractiva, Katya no dejaba de vivir en un piso de estudiantes, tener 16 años y una paga algo escueta en comparación a la de algunos de sus compañeros.

El comentario del joven acerca del estrés la dejó totalmente desequilibrada a nivel social. No sabía cómo reaccionar cuando una persona, y menos un desconocido, hablaba de su perro como un perro de apoyo. Claro que lo había escuchado y lo había visto en la televisión, pero nunca en persona, frente a frente. Sentía que había un estigma enorme con las enfermedades mentales y que la gente trataba de ocultarlo. Tal vez él mismo lo hacía, por cómo había titubeado antes de explicarlo. Tal vez estaba intentando salir de su burbuja en la que no tenía que hablar de la realidad. El problema recaía en ella. Katya no sabía qué decir y su rostro, serio por encima de la sorpresa, con los labios pegados y de golpe resecos, era la prueba de ello. Intentó fijarse más en él y en todos los comentarios que hacía. ¿Cómo podía ser tan feliz? ¿No decían que la gente estresada lo pasaba mal? Él solo había tenido palabras amables, tarareando y riendo a sus comentarios. Se preguntó si todo eso era tal vez una fachada, una forma de fingir que estaba bien para ver si al final acababa por creérselo.

Aún así, me asusta no poder cuidarle como se merece.— Admitió sin embargo, intentando obviar la explicación de por qué había adoptado un perro y también ignorando la razón real: no podría saber si el perro querría o no estar con ella, y ya había visto lo que era forzar a alguien a querer a otra persona. La oferta de aprender cómo cuidar al perro llegó casi automáticamente después y de golpe se quedó sin argumentos, con la boca entreabierta preguntándose si era o no una buena idea. Le encantaría decir que sí y saber por fin lo que es sentir que alguien te cuida sin condiciones.

Se humedeció los labios, dejando el tema correr. Le costaba pensar que podía merecerse algo así.

De golpe haberle ofrecido colarse en el conservatorio no le pareció tan buena idea. Cuando empezó a explicar la sugerencia que había hecho Katya se encogió sobre sí misma, bajando la vista para ocultar las mejillas encendidas que le daban calor pese al frescor de la noche. Se sentía algo abochornada, aunque la risa del joven le hiciera esbozar una tímida sonrisa mientras observaba sus pasos en el suelo. “Brillante” el término logró sacarle un sonrojo muy distinto al primero de la noche, alzando la vista con una sonrisa tímida de quien no sabe que hacer cuando le recuerdan que tiene una virtud que explotar. Notó que el pulso, que se le había acelerado de nervios, volvía a estabilizarse y una extraña sensación de calidez acabó por apoderarse de ella. Le había parecido buena idea y todavía estaba asimilándolo.

El conservatorio no tiene tanta seguridad como parece, la verdad. — Admitió con un hilo de voz. Quién iba a decirle que estaba dando datos de seguridad sobre el lugar en el que pasaba más horas del día cuando hasta hacía unos minutos ni era capaz de decir su nombre.— Y pensé que podría gustarte la idea, descubrir una nueva pasión o algo que te llene.— Añadió despacio, meditando las palabras. Sabía por la televisión y la mayoría de anuncios para enfrentarte a las enfermedades mentales que lo mejor que podía hacer alguien era ocupar tu vida con hobbies y actividades que te gustasen, que así no dejabas espacio a los malos pensamientos y eran un refugio en los días ominosos. Al menos, a ella le había servido.

¿No?

Mientras él seguía hablando de sus gustos ella le observaba, pero de golpe, aunque escuchando sus palabras, Katya se dio cuenta de lo extraña que estaba siendo esa noche. Le estaba preguntando por sus gustos, le había ofrecido colarse en su conservatorio y estaba siendo… ¿amable? Supuso que sí, aunque la sensación era rara pues hacía mucho tiempo que no socializaba así. Solo había querido encontrar el metro y de golpe se preguntó si sería muy extraño desear que la señal estuviera apagada y la pasaran de largo como si nada, seguir hablando y escuchándole cantar y sentirse cómoda hasta el amanecer. Preguntarle por su perro, por su empleo o por qué estaba en San Francisco en vez de en Nueva York. Incluso pensó en darle su teléfono y quedar y conocer la ciudad juntos. Quería repetir un encuentro en el que se riera al pensar en cantar “Gimme gimme gimme a man after midnight” o volviera a tararear “girls just wanna have fun” en la calle sin sentir miedo.

Quería sentirse así, feliz, segura y libre, otra vez.

Sho se detuvo frente a un edificio, cortando su línea de pensamiento casi al instante. Se dio cuenta de nuevo de la oscuridad alrededor mientras él se aproximaba al portal con un letrero de neón, como inspeccionando su interior, pero ella no se atrevió a acercarse. Frunció el ceño, imaginando que aquel letrero podría referirse a un prostíbulo antes de rechazar la idea o negarse a admitir la posibilidad. No se imaginaba a Sho, el hombre risueño que hablaba de perros de servicio y cantaba mientras caminaba por una calle casi vacía, buscando con tanto interés un local que denigrase a la mujer. Pero en realidad cualquiera podía hacerlo, y eso le asustaba también. Cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra, esperando mientras se frotaba las manos y trataba de entrar un poco en calor. La cazadora de cuero no era precisamente gruesa y, aunque protegiese del frío seco, la humedad empezaba a colarse por su piel y hacerla tiritar, consciente de que estaba quieta por primera vez en varios minutos y eso también le pasaba factura. Tenía hambre y estaba cansada, y alguien parecía haberse fijado en ella.

Al principio, mientras él observaba la escalera, había querido creer que las voces eran del interior del establecimiento y llegaban por una ventana, pero entonces se giró a mirar la calle, como intentando orientarse, y vio a los hombres hacerle gestos. Fingió no haberles visto, como hacía siempre que alguien en mitad de la noche intentaba llamar tu atención, pero el daño ya estaba hecho. Se tensó bajo el chaquetón, con las manos en los bolsillos y el pulso de nuevo acelerado. Incluso al volver Sho, animado y sin saber lo que acababa de pasar, Katya fue incapaz de seguirle las bromas. Forzó una sonrisa que por primera vez en mucho rato no era sincera y aceleró el paso, instando al hombre a seguir su ritmo.

La canción que el joven hbíaa comenzado a cantar pronto se rompió cuando el silbido cortó el aire, y ella cerró los ojos con cansancio. ¿Cuántas veces habría escuchado algo así? ¿Cuántas veces más debería escucharlo hasta que la gente se diera cuenta que no estaba ahí para el disfrute de otros, sino que quería sentirse segura en el camino a casa? Aquel silbido inocente había logrado que se sintiera pequeña, insignificante y odiarse de nuevo por no poder hacer nada. Recordaba el comentario de Sho al principio de la tarde “si aparece algún borracho yo lo trato y tú sigues el camino”. Ella debía seguir adelante si se acercaban, pero de golpe se dio cuenta que no quería hacerlo, que se sentía mal pensando en dejar atrás al joven, que tampoco conocía la ciudad. Tenía la garganta reseca por los nervios y tragó saliva antes de hablar, como si no pasara nada.

Tal vez podamos ir a un karaoke— Lo dijo para tener algo que decir y sacar los pensamientos negativos de su cabeza, casi sin pensar, pero la verdad es que quería meterse en un edificio y encerrarse hasta el amanecer. Se humedeció los labios de nuevo en silencio, pensando que tal vez al cabo de una calle los hombres acabarían por cansarse y dejar de seguirles. Siempre pensaba lo mismo en ese tipo de situaciones.

Pero nunca se volvía realidad.

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Sho Ryota
 Posted: Sep 2 2017, 10:10 AM
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It seems fate will not allow me to kill myself.
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Descubrir una pasión o algo que le llenase. Viajar había sido más o menos eso, el buscar algo, despejarse, salir de su departamento que le parecía especialmente vacío en esos días. Porque permanecer ahí era doloroso, pero también patético: la subordinación de falsas esperanzas que había alzado por sí mismo, la idea de esperar una respuesta que sabía no llegaría. Quizás había sido demasiado y terminó aburriéndole, quizás le pareció luego molesto, o simplemente notó sus defectos que eran tan evidentes en su forma de querer, de asfixiar, de necesitar. Pero pretender que había arruinado algo era también asumir que antes había estado bien-no es como si necesitase una razón para alejarse.

Había intentado seguir en la resignación y sin embargo el peso fue demasiado hasta huir a otra ciudad. Algo que siempre había querido hacer, una cosa que por su familia vivía postergando, por sus amistades, por su mascota, por las excusas de estar cómodo y que ahora resultaba de la necesidad de un cambio y el quiebre de la rutina. Ir había sido un acto egoísta de darse el lujo de hacer algo por él, y hasta ahora había servido más o menos, tanto como algo burdo podía, con la cabeza casi siempre en algo más pero recayendo como ahora cuando la memoria de algo que le llenase le retraía al círculo del por qué estaba ahí, y de por qué era mejor no pensar en ello.

Katya. Fue un descuido y el haber actuado en la seguridad que ser él, de poder andar por la calle sin miedo, de ir tranquilo porque también podía defenderse, o quizás porque no le importaba tanto hacerlo, que ahora eran seguidos por ¿cuántos?, podía escuchar tres personas y sus murmullos sobre la voz de la muchacha que sugería tomar resguardo, que invitaba a ignorar los acosos que sobre todo a ella debían ponerla incómoda porque estaba seguro que él no era el objetivo de lo que sea que planeasen, de la forma en que aceleraban el paso acortando la distancia, riéndose de algún chiste sucio tirado en un acento tosco y difícil de entender.

Por instinto quiso acercarla con el brazo pero el gesto sería también retenerla, prohibirle actuar en su juicio cuando la situación sobre todo le correspondía a ella- y no era su culpa encontrarse con puercos. Buscó con la mirada algún edificio abierto, un karaoke como había mencionado Katya, quizá podían volver al Escalier y pasar ahí el rato pero su intención de evitar problemas había sido leída en tal forma como evitar su huida, o sencillamente provocar el golpe siguiente, un giro de su cuerpo en la reacción automática cuando uno de los sujetos intentó tomar a la muchacha de la cintura.

Había sido un único golpe contra su cara y ahora su puño tenía sangre que no podía reconocer como propia o del labio del desconocido que escupía en el suelo. Miró a Katya como pidiéndole disculpas, esperando que su rostro fuese un suficiente lo siento para poder partir rápido antes de que el problema fuese mayor. Pero era estática, la instancia, la situación, el frío de la noche que volvía a él como un propio puñetazo de respuesta que debió anticipar porque eran tres contra uno, porque mientras se defendía de un lado los golpes llegaban del otro, porque sabía que podía detenerles, pero sentirse observado, exponer ese lado frente a alguien le detenía.

No le gustaba mostrarse agresivo, no disfrutaba saber pelear, no estaba orgulloso de las veces en que había sido beneficiado de aquello, de la repentina memoria de su última pelea, de la culpa de ser ese tipo de persona. Pero también era instintivo, responder, derribar al sujeto que había intentado tomarle con un codazo, sentir la adrenalina como algo que sabía duraba poco y de lo que luego se arrepentiría. Pensó en ese momento que la muchacha debía irse, que si corría lejos él podría ser quién era y encargarse, golpear con la fuerza con la que podía, sacar su navaja, acabar con eso rápido y regresar a su propio departamento o sentarse en la calle hasta aburrirse. Pero ahí estaba, su cabello rojo como reflejos entre la pelea ¿Se había metido?

No— habló, su voz ronca, cansada. Katya le veía ahí, mostrando ese lado de él que era también la evidencia de su estilo de vida. Y no huía, no le dejaba. No quería que la hirieran, no quería fallar en eso. Con un impulso se libró del agarre, le tiró al suelo, solo quedaba aquel que forcejeaba con la menor y entre la rabia y el deseo de cierre, también le hizo caer: Sho le agarró las manos con fuerza y el quejido del otro pudo comprobar el quiebre que el moreno sintió bajo la presión de sus manos al alejarle, al derribarle contra el piso para noquearle sin recato.

Y era como si sus noches terminaran siempre así. Molido, irguiéndose con la respiración pesada, sintiéndose un animal con la vergüenza encima y la cabeza abajo. Esperaba que la muchacha ahora sí quisiera huir, que corriera hasta el metro que ya se anunciaba cercano, que a unas dos cuadras se divisaba en un cartel perfecto para la noche, para aquellos que estaban perdidos.




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Katya Salkov
 Posted: Sep 2 2017, 01:46 PM
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Cuando te pasas la vida escuchando música, los silencios se perciben distintos. Katya era capaz de medirlos a medida que caminaba, solo rotos por sus pasos, cada vez más acelerado. Hacía unos segundos aquel paseo era toda una melodía de canciones y, aunque fuese extraño, alegría, y de golpe estaban así. No podía dejar de maldecir su suerte, la suerte de muchas mujeres que volvían a casa de madrugada, intentando sentirse libres, no valientes.

Sus pasos no era lo único que se escuchaba en la calle, y al silbido no tardaron en seguirlo los comentarios que ya estaba cansada de escuchar. Como siempre, empezaron llamándola guapa, y riendo, y volviendo a llamárselo. La palabra había dejado de tener una connotación positiva años atrás para ella, cuando supo lo que la belleza podía causarte. Ahora, con aquel acento raspado que se le hacía desconocido, la palabra era un puñal que se clavaba en su piel una y otra vez, y aunque las heridas nunca se vieran, cada vez sentía más miedo, se volvía más insegura. La gente no sabe lo que un piropo a altas horas de la mañana puede asustar. No hasta que lo vives.

Aceleraron el paso de nuevo, y el “ey guapa” de antes se volvió ahora un “zorra, escucha” que la puso en alerta, volviendo un segundo la mirada a Sho. Parecía tan alarmado como ella, preocupado. Puede que no hubiera hablado para decírselo, pero era el silencio lo que le daba la señal. Como si fuera un perro en alerta, dispuesto a saltar a la menor señal. Le encantaría que se cansasen, dijeran algún otro insulto y se fueran. Lo único que pedía, en realidad, era que un policía apareciera frente a ellos, alguien a quien poder acudir. Entonces Sho volvería a sonreír como antes, y cantarían de nuevo. Tal vez podrían ir al karaoke de verdad.

Pero no tenía permitido soñar, y lo sabía. La complicidad que tenían, en la que los silencios no dolían, empezaba a resquebrajarse, y no sabía si lograrían recomponerla.

Las frases, las risas de borracho, seguían llegando. En aquel momento Katya notó el brazo del chico a su alrededor, intentando protegerla y mantenerla cerca, pues le costaba seguir el ritmo de sus zancadas. No se había dado cuenta, tan asustada como estaba, con tanto miedo de echar la vista hacia atrás, que cada vez estaban más cerca.

No, hasta que notó el tirón en su cintura.

Soltó un pequeño chillido, más por la sorpresa que para alertar a su compañero de su presencia. El tirón había sido como una puñalada a toda la seguridad que había sentido en toda la noche, a la calma e incluso la felicidad. Intentó mantenerse en su sitio y no ceder su espacio, quedarse junto a su compañero, pero un empujón logró desequilibrarla y estar mano a mano con un hombre que, de nuevo, la llamó guapa.

Nunca había sentido tanto desprecio por un adjetivo.

Los forcejeos no cesaron, sin embargo, y soltó un puñetazo en el rostro al hombre para lograr apartarse. Sho también estaba peleando, le escuchaba jadear, escuchaba los quejidos de los otros dos, y podía intuir que, por muy fuerte que fuera, iba a recibir algún golpe. Lo observó, del mismo modo que él miraba hacia ella con lástima, como disculpándose por haber llegado a ello. Como si tuviera la culpa.
Si hubiera tenido tiempo le habría explicado que no tenía culpa de nada, que le agradecía cada intento por protegerla, que era ella la que debía disculparse por cada golpe que le dieran. Que ojalá no tuviera que recibir ninguno.

Por eso, cuando vio a uno de los hombres dispuesto a noquearle por detrás, saltó. No sabría decir cómo se deshizo de aquel que quería arrastrarla, puede que Sho se hubiera interpuesto, pero ella no se quedó atrás. Tiró del brazo de aquel matón y lo encaró, aunque no supo qué hacer a continuación cuando fue él quien la golpeó en la mejilla, desorientándola durante un instante.

De golpe todo era borroso y confuso, y cuando alzó la vista no lo hizo por voluntad propia, sino porque el hombre sostenía su mentón con violencia, tirando de su pelo hacia atrás con la otra mano. Entrecerró los ojos con los dientes apretados. Solo podía pensar en el dolor, en que quería que terminase. No sabía qué era de Sho, pero quería que estuviera bien. Tal vez si se dejaba todo acabara. Tal vez cediendo pueda poner fin a todo.

Tal vez eso es lo que acabó pensando su hermana también.

La presión en sus cabellos terminó por aflojarse, y de un brusco movimiento también aquella en su mentón. Cuando abrió los ojos Katya pudo ver a Sho lanzarse sobre el tercer hombre y tirarle al suelo, golpeándole con fuerza. Parecía una bestia, un monstruo, con las sombras de la ciudad acentuando sus facciones y su respiración entrecortada y ronca por el esfuerzo. Durante unos instantes le miró sin saber muy bien qué hacer, analizando lo ocurrido. Le dolía la cabeza, y parece tener un corte en el labio que no sabría decir cómo ha ocurrido. También jadeaba, como él, pero no tanto por el esfuerzo sino por el miedo y la angustia. Incluso sus heridas parecían menos comparadas con las de él.
Cualquiera habría corrido hasta la señal de metro, dejando atrás a la bestia que se erguía en la calle. En otro momento, tal vez lo habría hecho.

Se sentía muy pequeña al acercarse y tirar del borde de su manga, sin saber si le dolerían los puños por los golpes. Por extraño que pareciese, no había miedo en sus gestos, y ella misma se sorprendió al notarlo.

Vámonos. — Le impoló entonces, notando el escozor de su labio, el mareo de su cabeza, y un dolor punzante en su mejilla y su costado. Pero si le miraba a él y veía los golpes se sentía peor, más pequeña, más inútil.— Tenemos que desinfectarte las heridas.

Creía que era su forma de dar las gracias. No hablar de ello.

Dejarlo estar.
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